¿Cómo podemos ser héroes?

Y qué poderes se hallan a nuestro alcance


No sé ustedes, pero en algún lugar de mi inconsciente -que, a decir verdad, es mucho más extenso de lo que me gustaría reconocer-, siempre guardo la secreta esperanza de estar a punto de comenzar el camino del héroe. Que algún mentor (probablemente, un sabio anciano que no despotrique por las costumbres de las nuevas generaciones) golpee a mi puerta o toque el timbre (soy flexible en ese aspecto) para invitarme a una maravillosa aventura.

Así es: el sueño de la evasión definitiva de los problemas y responsabilidades de la vida moderna. Es un poco como esperar ganarse la lotería, pero sin la posibilidad de comprar los números. Porque, en realidad, muchos de aquellos héroes que se nos presentan como “uno más de nosotros" están, por lo general, marcados de antemano por la mano del destino. Secretamente (o no), huérfanos o herederos de algún linaje que les da acceso a ciertas habilidades o privilegios. Mismas que, a la hora señalada, los ayudarán a inclinar a su favor la balanza que decidirá el destino de su aventura.

Mientras me preparo unos mates y destrozo el último paquete de Oreos, “watsapeo” a mi madre para preguntarle por enésima vez si soy adoptado. Si, por alguna de esas casualidades, me encontraron en una canasta, en el medio del bosque. Tal vez algún monje, depositario de las secretas artes de una secreta orden de justicieros mágicos secretos, secretamente me dejó en la puerta de su casa. No sé, son cosas que se te pueden pasar a la hora de contar anécdotas. Dejo el celular para que la espera no sea demasiado tensa. Pero no puedo evitar que el motor nerd del imaginario, que ha sido alimentado y puesto a punto gracias a decenas de historias, haga crecer las ganas de ser esa persona común y corriente que, en realidad, no tiene nada de común y corriente. Persona que, por fuerzas previas y posteriores, es elegida  para ser el protagonista de una gran aventura, más allá de sus actos. Y, con todas mis fuerzas, intento no ver las contradicciones de esa premisa. El tono de notificaciones, que es el sonido de un sable de luz al encenderse, suena. “Basta, Jorge. Ya te dije que no sos adoptado. Ya viste el video de tu parto”.

Intento no desesperar… Busco en Google Maps algún laboratorio que trabaje con materiales radioactivos que quede cerca de casa (uno nunca sabe cuando algún accidente lo ayudará a uno a salir de la normalidad). Tal vez, algún templo secreto que guarda tesoros místicos. Puede ser que, de tanto dar vueltas distraído por el barrio, haya pasado por alto algún vestigio de una civilización perdida.

Después de todo, esa es la promesa, ¿verdad? El hombre común ya tiene la posibilidad de llegar a lo más alto, de ser el héroe que cambie las cosas. Aunque, a juzgar, por muchas de las historias que ayudan a educarnos, es mejor tener algún as bajo la manga para allanar el camino, como ser el hijo de magos legendarios, heredero de una inmensa fortuna, parte del linaje de una casa con determinadas habilidades, o un extraterrestre

Abro “wasap” y escribo: “¿Ma, cabe la posibilidad de que sea un extraterrestre y no me lo estés queriendo decir?”.

O, sencillamente -y esta, por absurda, es la más desgarradora de todas las posibilidades- ser ungido por accidente con habilidades especiales. Nuevamente, ganarse la lotería sin poder comprar los números. No quedan, a simple vista, muchas opciones para alguien del común denominador. Nada, sino esperar que algo lo señale. Y en un recuento de tramas y aventuras caigo a cuenta de todas las veces que los problemas se solucionan en un abrir y cerrar de ojos, gracias a un atajo maravilloso, algún código secreto que desactive la amenaza, alguna debilidad escondida del villano que nos ahorre una batalla encarnizada.

Combino las dos últimas Oreo para potenciar el poder empalagador de la pasta blanca que hace las veces de crema. Intento aplacar con esto el desaliento que me invade al saber que, de un plumazo, muchas de las historias que amaba han descartado al hombre común y sus esfuerzos. Vuelve a sonar el sable de luz en mi celular: seis emoticonos enviados por mi madre. Nunca sé si los envía a propósito. Y en el último mensaje se lee "Juan Salvo".

Dejo el mate sobre la mesa, apuro la galletita doble y la boca se me empasta de migas negras y pasta dulce. Busco en mi biblioteca y encuentro El Eternauta (publicada en Hora Cero Semanal de 1957 a 1959). En las primeras páginas, veo un grupo de amigos jugando a las cartas. Nadie es el hijo secreto de nadie. Ninguno posee habilidades mayores que lo elevan sobre el resto. Y sobre todo, a nadie lo vienen a buscar. Un grupo de amigos, una familia, se enfrenta al mundo en el más romántico y más amplio sentido de la aventura.

Juan se pertrecha con las cosas que tiene en el garage de su casa. Tampoco tuvo un templo escondido a donde ir a buscar una reliquia mística. Juan encontró todo conjunto de habilidades y poderes en las personas que lo rodeaban. Así, la imaginación del guionista Germán Oesterheld, junto al dibujo de Solano López, nos presentaban al héroe colectivo, al hombre común que, activamente, se transforma en héroe frente a las circunstancias que lo acorralan. Frente al salvador ungido por el destino, se levanta la fuerza del grupo.

Sentado al pie de la biblioteca, con El Eternauta sobre la falda, me tranquilizo y pienso qué traje voy a elegir esta vez para protegerme de la nevada.

Etiquetas: La columna de El Santa

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