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Cómo diferenciar historia y trama: un duelo de película

“La historia” se refiere a todo lo que sucede dentro de nuestro relato (película, historieta, novela, cuento, etc.)

“La trama” es cómo y qué vamos develando, y en qué momento. Así, manejamos la tensión dramática de nuestro relato.

Juan y Juan se sientan en un bar. O Juana y Juana, o Juan y Juana. En realidad, los nombres no importan. Lo que importa es esa necesidad de llenar los vacíos (si se me permite la vulgaridad), de querer conocer y saber para poder querer.

J y J (para abreviar y ser justos con la vida), se conocieron pocos días atrás, se gustaron y tal vez se quieran. Entonces, uno empieza a indagar sobre la vida del otro y viceversa. Y todos sabemos lo que pasa cuando eso pasa. Porque todos vimos Prometeo… 

Alien, Terminator, Watchmen, Star Wars… Tomen cualquier personaje, mundo o franquicia que haya calado hondo en la cultura popular, y que tengan expansiones, secuelas o reinvenciones. “¿Estoy leyendo una columna de ‘han destrozado mi infancia’?”, te preguntarás. Afortunadamente, no. Las reinvenciones de los cuentos populares son algo tan viejo como la humanidad. Lo que me impulsa a escribir (además de haberle dicho a un señor que lo haría) es plantear cómo en cada nueva secuela o reinterpretación los personajes se nos presentan más cercanos a nosotros. Y cómo se intenta rellenar hasta el último punto nebuloso de la historia que nos deslumbró en su momento.

J pide un té bajo la mirada extrañada de J. J, en cambio, pide un café americano, sin azúcar. “¿De dónde sos?”, pregunta mientras ve a J poner el pequeño plato sobre la taza de té para que el sabor de la infusión se concentre.

No puedo evitar empezar este divague por uno de mis personajes preferidos, que también es uno de los ejemplos más pasmosos de domesticación ejercida sobre un mito popular: el vampiro. Si nos remontamos a las versiones folclóricas de diferentes culturas (si esta columna fuese publicada por History Channel, podría inferir que los vampiros existen y son alienígenas), sería claro que estamos ante un ser monstruoso que no ve en nosotros más que una víctima. Uno no se puede relacionar con los monstruos, porque están fuera del orden natural al que pertenecemos. Son como punto de partida inasequible. Con las muchas versiones de aquel monstruo que alguna vez nos fascinó, se puede notar una tendencia a querer conocerlo, a empatizar con él.

Podríamos decir que el cariño hacia un personaje es directamente proporcional a la necesidad de conocerlo y entenderlo, cosa que no siempre beneficia a la historia. Y entonces, antaño monstruoso, cruel y desalmado,  nuestro temido chupasangre gira para convertirse en una especie de “rock star glam”, incluso dispuesto a enamorarse de quien fuera su cena. Queda el monstruo desarmado, ya que lo empezamos a conocer, a entender sus motivaciones. El nerd enciclopédico e indignado que hay en mí me está gritando “¡The Strain!” al oído, la terrible adaptación a serie de TV que tuvo la Trilogía de la Oscuridad (Nocturna, Oscura y Eterna) que Guillermo del Toro escribió junto a Chuck Hogan. Claro que se pueden encontrar aún hoy ejemplos de vampiros monstruosos, pero cada vez son menos. Y cada vez más el monstruo se transforma en una versión idealizada de nosotros mismos. Y, cómo no, estamos otra vez dándonos palmaditas en la espalda, identificándonos con el ser de eterna belleza, siempre adinerado, siempre por fuera de la sociedad, siempre libre de los juicios morales. Y ahí, el monstruo, nosotros, nos volvemos a un mismo tiempo víctima y justiciero; y nuestros entremeses siempre tienen algo vil o pueril que los hace un poco merecedores de nuestro castigo.

Me viene a la mente, por asociación libre de monstruos clásicos, el pobre “hijo” del Doctor Frankenstein, y lo poco que ha cambiado desde la obra seminal hasta nuestros días. Claro que podríamos pensar en FrankenHooker (1990), pero, si lo hacemos, la gente nos miraría raro, así que mejor no hablar de ciertas cosas. Pero volviendo al original, el tema es que más que un monstruo, la creación de Víctor Frankenstein es -y nació- como un mártir romántico. Podríamos decir que él nació en un punto similar al que llegaron sus primos bebedores de sangre.

J hace un pequeño recopilatorio de su vida, con sus puntos altos, dejando sus bajezas para otro momento. J escucha con atención. Y no es algo fingido, claro que no. J está muy interesado en J. Pero está también este segundo beneficio del saber, del conocer al otro. J mide y cuenta las cosas en las que coincide, y ruega que las diferencias se den en cosas que él, o ella, admiran. Sí, J sueña secretamente que J sea un vampiro. Y que sepa besar bien.

Pienso ahora en Miguel Myers, ese muchacho soñador de Halloween (1978). La película original, dirigida por John Carpenter, es, para muchos, el primer slasher. Claro que esos muchos están orinando en las afueras del tarro, olvidándose de, por ejemplo, Black Christmas, Psicosis, de tooooodo el Giallo italiano, e incluso de antecedentes en el cine blanco y negro. Pero para quienes gustan de fechas y orígenes (y discusiones onanistas), se podría decir que en Halloween se reúnen todos los elementos -y el orden en el que deben aparecer- que después se repetirán hasta el hartazgo para cristalizar este subgénero del terror. 

Resulta que, en 2007, Rob Zombie volvió a contar el origen de Miguel. Lejos está Rob de edulcorar esta historia. La nueva Halloween es mucho más violenta e incómoda que la primera. Pero la gran diferencia, que va en concordancia con la domesticación del vampiro, se ve en los primeros 30 minutos. La presentación de Michael Myers, que en la original se resume en un plano secuencia de pocos minutos, se transforma en el explícito retrato de una familia white trash, un entorno que nos hace entender al joven Miguelito. Otra vez nos dan un boleto para empatizar con el “monstruo”. No es algo tan radical como lo que sucede en Crepúsculo, por ejemplo, y la crudeza de los asesinatos hacen que la dinámica de la historia funcione igual. Pero queda claro el cambio de intenciones en la trama.

J deja de lado su café. J ya se aseguró de que J besa bien y que coinciden en muchas de las cosas importantes de la vida. Entonces, J pregunta: “¿viste Prometeo?”

Allá por 1979 se estrenaba Alien. La teniente Ripley comenzaba su carrera de heroína megasuperimplacable. La criatura, el xenomorfo, era casi un concepto lovecraftiano. Era la definición perfecta del monstruo clásico dentro de la ciencia ficción. Nada nos unía a él. Nada quería de nosotros más que asesinarnos. No podíamos entender sus motivaciones, no podíamos comunicarnos con él. Era la definición de lo extraño, la prueba de los horrores infinitos que nos acechaban en la oscuridad del espacio. Alien nos devolvía a una cabaña, rodeada por un bosque oscuro e impenetrable, plagado de seres innombrables que no quieren más que nuestra perdición. El monstruo era lo inasequible, lo desconocido.

En la segunda entrega de la franquicia, Aliens, el terror desaparece. Los aliens no son monstruos, sino una plaga, un adversario. Hay una lucha entre especies. En la tercera, el alien vuelve a ser el demonio dentro de un monasterio, pero ya sabemos mucho de él. La cuarta es abiertamente una película de aventuras. La historia del alien no se expande más. Pero el daño y la desacralización ya están hechos. 

No contento con esto, el amigo Ridley Scott (director de la primera entrega) estrena Prometeo, donde promete explicar y expandir el origen de la “bestia”. Las razones para una movida semejante pueden ser muchas, pero la de mayor peso son los miles de fans esperando cualquier nuevo producto donde puedan volver a ver a su personaje preferido. Prometeo y Alien: Covenant no hacen más que aquello que habían prometido, pero provocando justamente el efecto contrario: entre las dos películas se cuenta con pelos y señales el origen del xenomorfo pero, en lugar de expandir al personaje, generan una espiral que se cierra sobre nosotros (los humanos, la Tierra, el androide...). Ahora, la amenaza es mucho más mundana, el universo más pequeño, y nosotros estamos más aburridos (pero con mejor CGI).

Parafraseando al Sr. André Bretón, uno de los fundadores del surrealismo y su principal teórico, me niego a ser testigo de las partes intrascendentes de la vida de los demás, aunque sean alienígenas asesinos con ácido por sangre, asesinos psicópatas o héroes enmascarados de los años 30. 

Y el problema de conocerlo todo es que, en algún momento, empezamos a contar las partes aburridas de la historia… Y “para eso están los besos”, pensaron J y J antes de decírselo todo. Para eso están las elipsis. Para ir a lo jugoso, si se me permite el atrevimiento. ¿Es más temible Darth Vader (que de joven no sabía actuar), ahora que vimos toda su historia de cabo a rabo? Sabemos que los soldados del imperio primero fueron tristes clones, y ahora, después de Finn, son más humanos que nunca. No es de extrañar que los oficiales del imperio, absolutamente malvados, se nos revelen, después de conocer a la tropa, como una mera caricatura. ¿Y era necesario saber lo que ocurrió antes de la primera viñeta de Watchmen?

J quiso preguntarle a J cuántos amores había conocido antes de encontrarse, pero se mantuvo en silencio. Porque J sabe la diferencia entre la trama y la historia. Sabe que una historia no es buena por sí misma, sino por la trama.

Etiquetas: La columna de El Santa

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