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Cuando el personaje es demasiado fuerte: el problema del poder

Un ruso, un noruego y un alemán entran al despacho de un editor yanqui de ciencia ficción. El noruego y el alemán se ponen a arreglar un par de enchufes de la oficina- Sus pantalones, para no escapar del todo a los clichés, dejan ver un poco del “canalillo internalgal”. Pero lo realmente interesante es lo que sucede entre el ruso y su editor. El primero habla: “Yo crrreo que la Unión Soviética…”. No, no, no: este señor nació en Rusia, pero a los tres años se mudó, con su familia, a los Estados Unidos. En resumidas cuentas, el ruso -a quien llamaremos Isaac, porque también es su nombre- le comenta a su editor que quiere escribir un policial de ciencia ficción. El editor, John, le contesta que no le ve futuro a ese proyecto, porque en cualquier momento de la trama un conveniente artilugio podrá aparecer para salvarle las papas al protagonista. Pero, en un giro inesperado de los acontecimientos, Isaac retruca: “No me llaman Asimov, padre de la ciencia ficción moderna, solo por llevar estas hermosas patillas. Me las apañaré para limitar a mis personajes”.

En esta anécdota tan fidedigna como colorida, se nos plantea un problema que muchas veces aparece con los protagonistas de nuestras historias: el exceso de poder. Llegado a un punto, este factor deja de ser una característica del personaje para convertirse en un atajo perezoso del guionista. Y si hablamos de personajes “uber” poderosos, claro, uno piensa inmediatamente en Superman… o Dios. Pero centrémonos en el primero. Encarar una historia de Superman, pensando que su debilidad es la kriptonita y poniendo el acento en un enfrentamiento físico, es perder de vista cuál es la verdadera lucha del personaje: para Superman, el conflicto siempre es moral. Por eso, lo que generalmente es señalado como una característica fuera de época y que le quita profundidad al personaje, eso de ser “un boyscout”, es la base de su riqueza.

Vayamos ahora al ejemplo máximo de la humanidad humana siendo todo lo humano que se desea ser… Claro, pensando siempre que el humano se refleja en un hombre multimillonario. Es el “humano” entre dioses. Es el hombre que, solo muñido con su coraje e inteligencia, sus millones y sus artilugios de ciencia ficción -cada vez más acordes a las necesidades del guion-, se codea con seres fantásticos: Batman camina por las alcantarillas de la ciudad. Por el visor de su máscara, analiza al instante unos extraños microbios alienígenas y rápidamente descubre la cura para una terrible plaga. Entonces, uno de sus satélites detecta un ser biomecánico ridículamente fuerte. Ah, pero el encapotado tiene, a lo largo de toda la ciudad, hangares con tecnotrajes de batallas construidos de “inventorium“, metal diseñado para soportar los golpes de seres biomecánicos ridículamente fuertes... ¿Ven el patrón y el problema?

Esto me recuerda al Tony Stark (fílmico) subiendo a un helicóptero y pulsando un botón para que, desde atrás y casi mágicamente, una armadura se ensamble sobre su cuerpo. ¿Qué tan lejos quedó todo el aparatoso equipo que necesitaba en sus inicios para colocarse la armadura?, ¿qué tanto más verosímil era aquel procedimiento en el contexto en el que se plantea la historia? 

Pasemos tangencialmente por las máscaras y cascos que aparecen y desaparecen de la mano del más actual, copado e influencer de todos los deus ex machina del momento, la nanotecnología, que comparte el trono con la tecnología cuántica y la manipulación genética, y que antes era conocida como pila atómica, energía nuclear y radiación; y antes de eso, como electricidad, magnetismo, éter y como la abuela de todos ellos, la magia.

“Cuando algo sin sentido pase, significa que lo hizo, eeeeh, ¡un nanorobot!”.

Recordemos que cualquier mundo diegético que pensemos queda definido por sus posibilidades y sus límites. Y la coherencia de este mundo depende de la observación de estos. El Superman de la llamada edad de plata de los cómics se caracterizaba por recurrir a un poder diferente en cada aventura, que era convenientemente apropiado para resolver el conflicto de turno: desde el de ser un superventrílocuo hasta el de lograr golpes a través del tiempo. Época lisérgica que tiene su “Quijote” en Superman, la película, donde hace retroceder el tiempo al invertir el sentido de rotación de la tierra. Eso suena tan ilógico como lo que sucede ahora con personajes como Batman. Tal es la necesidad de crear historias cada vez más espectaculares, cada vez más impactantes, que se van desdibujando los límites que las definen a ellas y a la lógica del mundo que las rodea.

Si pensamos en Kingdom Come (1996, de Waid y Ross), The Dark Knigth returns (1986, de Frank Miller) o Watchmen (1986, de Moore y Gibbons), son todas historias geniales y corren con una ventaja: todas cuentan una historia definitiva, un punto final donde todo cambia y se revoluciona. El perfecto anabólico para inyectar a cualquier historia que quiera ganar en dramatismo. Algo así como hacer que los antagonistas estén relacionados desde un pasado antes oculto. Este tipo de giros suma inmediatamente tres porotos en grossitud a la historia. Pero si siempre jugamos con esta lógica, si siempre la batalla es una batalla para salvar el mundo, si siempre Superman va a salir bien librado de la pelea porque puede recurrir a un nuevo poder…, caeremos en el síndrome Goku. Y en eso, La broma asesina (1988, de Moore y Bolland) se destaca por sobre las demás. Porque es igual de potente, pero mucho menos “definitiva”. Esta historia es otro caso más de Batman. Ciudad gótica no está a punto de caer en el caos y no hay artilugios secretos ni revelaciones de último momento. El guion se ciñe a los límites clásicos del personaje y su entorno, y con esas reglas nos brinda una aventura impresionante. Lidiando, o no, con la ambigüedad del final “#teamjokerlapalma, #teamjokervive” (en esta segunda opción está mi dinero), la contundencia de la historia no depende de la muerte o supervivencia del payaso.

Así de perezoso es escribir un guion que enfrente a Superman con un mamotreto muy, muy fuerte. Sin ir más lejos, La muerte de Superman es justamente eso: el kryptoniano contra un ser muy, muy fuerte, cosa que no es ninguna novedad. Lo que se hace para escalar lo épico del asunto es matar a Superman (la historia definitiva) para -mucho tiempo y resurrecciones después- descubrir que Doomsday, el asesino de nuestro querido boyscout, es, como no podía ser de otra manera, kryptoniano. Los antagonistas tienen un pasado en común que los relaciona. Quiero retruco y falta envido de atajos para escribir un guion. Así de perezoso, decía, es también darle a Batman o Ironman la capacidad de tener tecnología mágica a su alcance, lo que termina desdibujando los límites del personaje. Por ejemplo, sucede cuando se lo pone al encapotado en posición de derrotar a toda la Liga de la Justicia (él solo y en varias oportunidades). Y así también de perezoso es contar siempre “El enfrentamiento definitivoooooooo”. Más aún si sabemos que, por la lógica de la industria, nunca (incluso en obras icónicas como Kingdom Come, The Dark Knight... o Watchmen), será el verdadero enfrentamiento definitivo.

Pero la aventura, lo emocionante de una historia y el valor de un héroe, no está en sus posibilidades, sino en sus límites, en el esfuerzo que hace valiosa esa victoria. Corré los límites del personaje y en cada historia deberá haber una amenaza mayor; rápidamente, aunque sea un detective, terminará combatiendo a los dioses. Incluso más: podríamos decir que la escala de la aventura está directamente relacionada con los límites del personaje. El mejor ejemplo en el que ahora puedo pensar es la película The incredible shrinking man (1957, basada en el relato homónimo de Richard Matheson, publicado un año antes). Para quien no esté familiarizado con la obra, que llegó a Hispanoamérica bajo el nombre de El hombre increíble, es la historia de un hombre que, por culpa de una nube mágica-cuántica-nuclear-radioactiva, comienza a reducirse.

A medida que su tamaño disminuye, el relato gana en aventura, tensión y peligro. El noventa por ciento de la historia transcurre en la casa, donde pelea contra una araña y debe escapar de un gato. Claro, nadie querría ver la historia de una persona de estatura promedio, aplastando a una araña o pateando con un gato. Pero ¿qué pasa si esas dos simples tareas se volvieran toda una odisea?

Etiquetas: La columna de El Santa

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