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Cultura universal: el fallo de anular las diferencias

Recuerden a Jack, protagonista de Pesadilla antes de Navidad (1993). Pero, principalmente, recuerden a los hombres de madera creados por los dioses, cuyos actuales descendientes son los monos… ¿No? ¿Nada? Entonces recuerden el Popol Vuh.

Si quisiera apreciar las pinturas egipcias en toda su profundidad emocional y simbólica, si pretendiera entender en qué modo las vasijas incaicas participan de lo sagrado solo por disfrutar de la belleza de sus formas… Si quisiera hacer tal cosa, si quisiera recrear tales obras, realmente al hacer vasijas precolombinas hoy día, sin pertenecer a dicha cultura, probablemente la gente arrojaría piedras y frutas podridas sobre mi bello cuerpo esculpido… O tal vez no tanto. Pero tal vez me dirían que, como productos culturales diversos, tales obras siempre tendrán aspectos y cavidades a las cuales no podré llegar (manierismos y vicios propios de cada cultura); que, aunque yo pueda disfrutarlas, esas obras no me están hablando a mí, y que todo intento de recreación sería una imitación superficial dada a través de mis ojos culturalmente condicionados. Lo mismo que le pasa a Jack, cuando intenta recrear la Navidad pensándola desde los ojos del Halloween.

Si esto es tan cierto y tan obvio para las culturas antiguas ¿por qué cuesta tanto aplicarlo a las obras contemporáneas? Y es aquí donde aparece un extraño concepto: “cultura universal”. Esto viene a ser una versión pomposa de esa terrible idea de “talle único”. Estas falacias vienen a proponer que existe una medida de ropa que le debe entrar a todo el mundo (pasando la responsabilidad de “encajar” a la persona y defendiendo los derechos de la ropa a expresarse libremente, de forma unidireccional), o que un cúmulo de saberes es común a todo el mundo y que hay producciones de carácter internacional montadas en los hombros de esta universalidad. Y esta idea podría ser muy tentadora de abrazar, ya que levanta, a primera vista, las pancartas de la hermandad… Sería bellísimo si no fuese por el Popol Vuh. Si recorro el mundo (todo el mundo, el real y aquel mundo que participa de esta cultura universal) preguntando por este libro, pocos sabrán contestar correctamente. Y pasaría lo mismo con cientos de obras, que anónimas duermen y son desconocidas por el universo culto de alguna otra parte del globo. Y la responsabilidad, en este caso, también cambia de lado. Es decir, si no leíste La Ilíada, el Quijote, Dickensson todas falencias de quien aún no ha leído. Pero si no leíste el Popol Vuh (que para mencionarlo mal y pronto, se podría decir que es el libro sagrado de los Mayas, como se podría decir que los techos de la Capilla Sixtina tienen dibujos de un italiano) o el Ramayana, la cosa no es tan grave. Entonces, caemos a cuenta de que tal vez, ¡tal vez!, la ropa debería hacerse en función de las personas y que la tan mentada cultura universal es unnnnnnnn poquiiiiiiito tendenciosa. 

Es fácil ver este tipo de cuestiones cuando tomamos ejemplos antiguos: aunque siguen teniendo peso dentro de nuestro acervo cultural, no nacieron dentro de la supuesta aldea global

Por qué nos cuesta tanto aceptar que el cine de Hollywood, ora internacional sobre los hombros de esta cultura universal, y el streaming de Disney, HBO y Netflix, ora instantáneo, no deja de ser esa extraña Navidad que vemos desde nuestro Halloween. Que los cómics, las novelas, la música incluso (la más inmaterial y física, valga la contradicción, de todas las artes) tienen un ancla y un modo de ser propio de su lugar, imposible de borrar. Pretender que el cine yanqui no sea nacionalista, metiendo la bandera en todas partes, pone la responsabilidad en el cine, así como lo hace el talle único y la cultura universal en las personas. Sabemos de antemano de dónde es la película y las particularidades del país que la produce. Y no deberíamos más que celebrar estas diferencias, estos matices: saber que nunca el cine coreano será como el francés, y que las historietas indias son totalmente diferentes a las japonesas. Porque aquella idea de lo universal también viene preñada de lo estandarizado. Y lo estandarizado viene dado por el fabricante. Y sólo si el fabricante fuese simultáneamente policultural, polisexual, omnipresente y omnisapiente podría realmente generar obras que llegaran igualmente a cada cultura, sin imponer ninguna sobre la otra. 

Y a vos, que estás leyendo y ya estás preparando las molotov para salir a quemar las cadenas de cine, las comiquerías y las librerías repletas de sagas fantásticas para jóvenes adultos... Antes de que salgas quiero aclararte que, con lo dicho, no estoy planteando un “anti”. Nada más lejos de mí. Ninguna rama del arte, de las artes aplicadas ni del trabajo artesanal (elija de estas tres opciones aquella que mejor le ajuste a sus ánimos e intenciones) se verá beneficiado con tal postura. Pero el arte, las artes aplicadas y el trabajo artesanal siempre se enriquecen con la reflexión, con la mirada crítica de lo propio y de lo ajeno. Es la reflexión sobre la obra y sobre uno mismo, a la hora de contentarnos, o no, sobre aquello que nos representa y alienta. No vaya a ser cosa que, siendo hombres de madera, terminemos siendo monos.

Etiquetas: La columna de El Santa

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