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Pasos para reconocer la evolución del lenguaje

Fridm est capuleria chakut tanoc… 

¿No fui claro?

Entonces, podemos decir que el lenguaje es arbitrario, es decir, una cosa inventada donde todos nos ponemos de acuerdo, como “la economía”, usar pantalones o no escupir en la calle. No es una fuerza universal como la gravedad. Por eso, no podés contratar a alguien para que invente una fuerza universal nueva y si podés contratar a alguien para que invente un diccionario Klingon. Y este diccionario seguirá existiendo en tanto exista gente que desee hablar klingon (a diferencia de la fuerza de gravedad, que es independiente de tus deseos de convertirte en Superman). Entonces, el lenguaje, el verbal (el idioma) y el no verbal (gestos, imágenes, todo lo otro que usamos para comunicarnos), sirve en tanto nos sea útil.

Otra característica que podemos ver en el lenguaje es la búsqueda de eficiencia: transmitir la idea lo más rápido y claramente posible. 

En estos días de aislamiento… En realidad, esto es solo conveniente a efectos dramáticos (desde mucho antes, el contacto con mis amigos era en su mayor parte a distancia y por escrito), pero, para darle un giro de actualidad apocalíptica, diremos que el contexto nos obliga -a mí y a tantos otros ilustradores, diseñadores, programadores y un largo y anónimo etcétera- a “perder” el contacto humano y reemplazarlo por cadenas de memes y reiterativos mensajes de WhatsApp o Telegram (para los que valoran su privacidad).

Si vemos la forma que adopta el lenguaje dentro de “wasap”, no estamos viendo la caída de la civilización occidental ni la degradación moral de nuestros jóvenes. Estamos viendo cómo el código se adapta a la más importante premisa del lenguaje: la eficiencia en la comunicación. Se lleva por delante normas establecidas para la forma escrita del castellano, es cierto, pero nunca antes este idioma se había puesto en este contexto de aplicaciones, teléfonos celulares y mensajes que empiezan con un emoticón, siguen con una frase, saltan a un audio reenviado y terminan con un meme de Los Simpson.

Antes de seguir, quisiera parar a pensar en nuestro idioma y el tan mentado respeto que merece. Para empezar diremos que nosotros, argentinos (aunque esto también vale para el resto de Hispanoamérica), hablamos español, que fue la versión degenerada del latín (el castellano) que un par de reyes en Castilla le impusieron al resto de España y, por consiguiente, a todo su territorio colonizado. Así pues, de arranque, no sé qué tanto debemos santificar lo que es una herencia cultural de lo que fue una invasión. ¿Existe reproche posible para quien modifica un código impuesto para que mejor lo represente? Si a un gótico (¿existen aún los góticos como tribu urbana?) le regalás una remera verde estridente, no nos podemos sorprender si a la semana la tiñó de negro. Porque el negro lo representa mejor. Porque así esa remera genérica dice más de su persona. Así, el lenguaje modifica el idioma… Podríamos decir que podés personalizar aquel viejo castellano que heredaste de, incluso tus padres, y hacerlo propio. Y esta “personalización” puede cambiar constantemente, según la ocasión. La forma en que escribo estas columnas habla tanto de mí como del contexto (el perfil promedio del lector casual de esto, en dónde será publicada la columna…, todo influye a la hora de construir el mensaje). Y no es la misma forma que utilizo cuando “mando un wasap”. Hasta puede haber variaciones específicas para cada contacto, tanto en el vocabulario como en la inclusión o no de emoticones. Son cambios que hacen que la comunicación sea más ágil y eficiente. Porque lo que importa es comunicarse, no el idioma. 

Un par de renglones atrás (acaso otro elemento que está destinado a desaparecer) dije que el castellano escrito nunca antes se había enfrentado al wasap, un medio destinado a mensajes efímeros, cortos. Un medio al cual, en lo que al idioma escrito se refiere, no le interesa en nada la función poética del lenguaje. Acá, el protagonismo es para la función referencial: enviar un mensaje. Además, nos da la inmediata posibilidad de intercalar emoticones entre las palabras, iconos prediseñados con un significado preestablecido, como las letras, pero aprovechando las capacidades gráficas del medio. 

Y, en la sección “servicio a la comunidad”, diremos que, si alguien te contesta dos veces seguidas con un emoticón, significa que está cerrando la charla. Los emoticones son los reyes en lo que a la función fática se refiere: iniciar, interrumpir o acabar la conversación.

Tal vez, en un contexto totalmente digitalizado donde el papel no exista (como el universo Star Wars previo a ser comprado por Disney), el uso de los signos de exclamación será reemplazado por un cambio en el color de la tipografía. Imaginemos entonces que, en este mundo donde la norma es usar emoticones y colores en los textos “serios”, un grupo de transgresores intente escribir solo con palabras y tinta negra. Las academias que resguardan la pureza de la multimedialidad pondrán el grito en el cielo, jurando y perjurando que ese nuevo modo atenta contra la riqueza conceptual del emoticón, que volver a los viejos signos “¡!” atenta contra la rápida visualización de las emociones de los escribientes, que el texto solo en negro aburre y por eso no invita a leer… Y así hasta el final de los tiempos entre conservadores e innovadores.

No es extraño que haya sectores que se arroguen la función de guardianes de las formas puras y elevadas. El famoso y popular llamamiento a la Real Academia Española (RAE) es justamente intentar refugiarse en ese lugar que alguna élite legitima, como si de ella naciera el maná impoluto de la cultura. En realidad, la RAE es más bien un compilador de lo que sucede en el mundo real, donde tarde o temprano se agregarán modismos que en su momento provocaron el desmayo de los más respingados intelectuales de la intelectualidad. Y si lo pensamos, en toda disciplina hay sectores que pretenden mirar por sobre el hombro al resto de sus colegas. Pasa en la música, incluso a través de géneros que años atrás eran excluidos; y pasa con la literatura y la historieta, y seguirá pasando. Lo peligroso es que, cuando esta forma binaria de ver las cosas se aplica al lenguaje, al cotidiano, al salir a la calle y comunicarnos, estamos a dos centímetros de despreciar al otro. Será entonces nuestro mérito evitar tomar irreflexivamente un bando, ya que en ambas posiciones nos estaríamos perdiendo de cosas valiosas.

Quien niega la evolución del lenguaje -de los lenguajes- niega nuevos contextos y nuevas intenciones; quizás no le sean propios, pero existen. Ignora lo nuevo al intentar quitarle legitimidad y, por lo tanto, y aunque se pretenda guardián de la cultura, se transforma, por definición, en un ignorante.

Por otra parte, quien solo atienda a su contexto inmediato y en su intento de afirmación desconozca las formas del pasado, tal vez esté desconociendo herramientas que haría de su lenguaje algo más eficiente y preciso. Por ejemplo, conocer la diferencia entre “posible” y “plausible”, “valeroso” y “temerario” nos podría ahorrar bastantes explicaciones, ya que encierran conceptos diferentes. Y esto de los matices adquiere un valor de suma importancia cuando a la ecuación se le agrega el aspecto del goce (cuando dejamos de solo querer decir algo y pretendemos también hacerlo con gracia). Y si sos músico, diseñador, escritor, dibujante, ilustrador, animador, guionista, etc., esto está íntimamente ligado a tu hacer. Tan íntimo como viajar en transporte público un día de semana a las seis de la tarde. 

Sin negar el gusto -siempre subjetivo-, sin negar las modas -siempre efímeras- y sin negar la mutación constante del lenguaje, es un hecho que en cada forma que tenemos para comunicarnos y comunicar (¿y qué es el arte, sino un intento de comunicarnos?), cada lenguaje específico, ofrece todo un abanico de herramientas. Algunas son totalmente nuevas; otras, heredadas. Todas están al alcance de la mano, listas para combinarse y para enriquecer y hacer más bello nuestro mensaje. Y esta posibilidad, creo yo, bien vale la pena cualquier esfuerzo.  

Etiquetas: La columna de El Santa

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