Tentáculos y racismo: ¿cómo encarar el legado de Lovecraft?

¿Qué hacemos con los libros del abuelo?

¿Quién no disfruta de una buena película de época? ¿A quién no le gusta sumergirse, ya sea a través de palabras o imágenes, en mundos que jamás podrá conocer? Siempre fantaseamos con la recreación del pasado. Y quizás esto se deba a esa idea de “conocer nuestros errores para no volver a cometerlos”. Pero podríamos decir, desde una mirada platónica, que el pasado es como las sombras que generan las cosas cuando entramos con una linterna en una habitación a oscuras. Sombras que cambian según la dirección de la luz que la genere. Las recreaciones del pasado serán quizás tan fiables como las proyecciones del futuro. Y, en ambos casos, tal vez la mayor virtud de estos ejercicios sea promover una mirada crítica sobre nuestro presente. ¿No era acaso hasta hace pocos años la invasión de América un “encuentro” de dos culturas? Pero los tiempos cambian. 

Días atrás, estuve leyendo un libro que, de haberse intitulado “Las locas aventuras de un detective suelto en el monasterio”, no hubiese tardado tanto en abordar. Lamentablemente su autor, Umberto Eco, decidió llamarlo El nombre de la Rosa. Se trata de un relato que nos presenta un asesinato, hombres en sotana, una biblioteca y libros copiados a mano. Mientras avanzaba en las páginas y me perdía en las intrigas monacales, el protagonista, Guillermo de Baskerville (guiño, guiño, Sherlock Holmes), dice algo por el estilo: “En las bibliotecas no solo están los aciertos, también están los errores”. 

Hubo una época cuando se pensaba que “los objetos se precipitaban hacia el suelo al volverse jubilosos de retornar a la tierra”. En otro momento, se creía que el humo del tabaco servía para generar una nube protectora alrededor nuestro; tal coraza gaseosa impedía que las enfermedades ingresaran al organismo. El azúcar se usó para lavarse los dientes. Y se discutió si las razas que no fuesen blancas tenían alma o no (cuando ya es sabido que los humanos no tenemos alma; los únicos animales que tienen alma son los ornitorrincos y, tal vez, Keanu Reeves).

Está claro que la producción cultural está plagada de errores y tragedias. Pero ¿qué hacer con los pasados, recreados en el pasado? ¿Qué hacer con los libros, las películas y las canciones del abuelo? ¿Qué hacer con esas obras clásicas que -no por clásicas- se salvan de ser hijas de su tiempo? ¿Borrarlas?¿Olvidarlas?¿Ignorar todas sus fallas sólo por haber sido canonizadas por tal o cual virtud?

Hace unos pocos días di con una serie que me atrapó en sus primeros cinco minutos: Territorio Lovecraft. Su primer capítulo inicia con una secuencia que es toda una declaración de principios. Pulp, ciencia ficción vieja y aventuras. Pero, más que nada, Lovecraft, Howard Phillips Lovecraft (1809-1937). Si te gusta Hellboy, si te gustan los tentáculos (y estás cansado del hentai), e incluso si te gustó la primera temporada de True Detective y jamás escuchaste acerca de este señor, te estás perdiendo de mucho. Se suele decir que Howard es el padre de lo que hoy se conoce como horror cósmico. Tan cierta es esta apreciación como todas las que intentan marcar puntos únicos de inflexión en el fluir constante que es la producción cultural humana. Lo que podríamos decir, sin temor a equivocarnos, es que sus cuentos y, puntualmente, "La llamada de Cthulhu", cristalizaron los elementos y el tono que debería tener este subgénero del terror. Así como Halloween, de John Carpenter, sin ser el primer slasher, dio el paso a paso de cómo debían ser las películas de asesinos enmascarados que matan adolescentes cachondos.

Empezaba el siglo XX y las historias de terror gótico, con sus monstruos clásicos, sus castillos, su aristocracia decadente y sus vaporosos camisones, perdían el atractivo frente a un lector mucho más moderno y urbano. Como pasa y pasará a lo largo de la historia, en los límites de nuestro mundo conocido se esconde lo innombrable, el horror, lo monstruoso, lo barbárico. Para Lovecraft, lo desconocido se ocultaba en las profundidades de los océanos, en los eternos confines del espacio exterior, en la desacralización que el mundo moderno le imprimió a la existencia humana.

Pero el horror de Lovecraft también eran los otros. Sí, el señor con aspiraciones aristocráticas, quien veía con nostalgia los tiempos en que los Estados Unidos pertenecían aún a la corona británica, era un poco bastante, terriblemente racista. Despreciaba a italianos, afrodescendientes, campesinos… Paradójicamente, aquel hombre que nos hablaba de los horrores escondidos en los confines del universo también nos hablaba de los horrores particulares que lo torturaban en los pequeños límites de su pequeño mundo. Sí, las obras de H.P. rebozan de xenofobia. Ojo, quizás solo un poco más que el estándar de la época.  

Y ahora tenemos Territorio Lovecraft, protagonizada por Atticus, su tío George y Letitia. Esta reescritura de los mitos lovecraftianos se empeña en hablarnos tanto de los horrores informes que se ocultan en la oscuridad como del racismo que se ejercía a plena luz en los Estados Unidos de los años 50.

Llámenlo justicia poética u oportunismo empresarial por parte de HBO. Llámenlo como quieran pero, para toda una nueva generación, Lovecraft tendrá rasgos afrodescendientes y un subtexto diametralmente opuesto al original. Y cuando este nuevo “fan” del horror cósmico llegue a los escritos del viejo Howard, podrá poner las cosas en una mejor perspectiva y valorar la obra, en muchos aspectos innovadora, de un hombre pequeño.

Etiquetas: La columna de El Santa

Ver noticias por etiqueta: